El Capitán Arenas

Nació en Puerto Rico el 13 de diciembre de 1891 hijo del Capitán de Artillería del mismo nombre, que a la sazón se encontraba destinado en aquella isla americana. Pero muy poco después la familia regresó a España, y el joven Félix llegó a Molina de Aragón, de donde era toda su familia, viviendo allí su infancia y primera juventud.

Ingresó en la Academia de Ingenieros de Guadalajara en 1906, saliendo de la misma como teniente de Ingenieros en 1911. Su primer destino fue el Regimiento de Pontoneros, aunque al tiempo era comisionado para el Servicio de Aerostación y Alumbrado de Campaña, donde permaneció hasta 1913. En ese año obtuvo el título de piloto de globos, pasando destinado a los Talleres del Material de Ingenieros de Guadalajara. En octubre de 1913 fue enviado por un tiempo con las tropas que combatían en el Norte de Africa, agregado a la compañía de Aerostación en Tetuán.

De 1914 a 1917 estuvo como alumno en la Escuela Superior de Guerra, continuando posteriormente las prácticas reglamentarias en el Regimiento de Caballería de guarnición en Valencia. Alcanzó el empleo de Capitán de Ingenieros en 1915, siendo alumno de la Escuela.

En 1919, después de efectuar diversos vuelos en avión y aerostato, era destinado a la Comandancia de Ingenieros de Melilla, al mando de la 2ª Compañía de Zapadores, con la que realizaba numerosos trabajos de fortificación de Campaña.

En junio de 1920, hacía entrega del mando de la compañía, pasando poco después (el 9 de noviembre de ese mismo año) a mandar la Compañía de Telégrafos de la Red Permanente de Melilla y su territorio. De acuerdo con su nueva responsabilidad, realizaba numerosas visitas de inspección, en algunos casos bajo fuego enemigo, de las instalaciones a su cargo en las distintas posiciones.

Cuando se produjo el derrumbe de la Comandancia de Melilla el 23 de julio de 1921, el capitán Arenas se encontraba en la plaza e inmediatamente marchó en automóvil con el teniente coronel Ugarte en dirección a Dar Dríus. Al llegar a Batel encontraron un escuadrón del Rgto. de Cazadores Alcántara núm. 10, que venía en vanguardia de la retirada, que informaba a todo aquel que pretendía incorporarse a Dar Dríus que el camino esta cortado por el enemigo. El teniente coronel Ugarte y el capitán Arenas dejaron su automóvil, incorporado a una columna de camiones llenos de heridos que regresaba a Melilla, y prosiguieron su camino a caballo en dirección a Monte Arruit. En el camino encontraron a un sargento de Infantería herido en una pierna y al cual no conocían; Arenas le cedió su caballo y él se volvió a la posición de Tistutin. Allí tomó el mando de la posición y trabajó con gran actividad, no solo en la defensa de la misma, sino tratando de restablecer el enlace telegráfico con Monte Arruit.

En la defensa de esta posición el capitán Arenas tuvo ocasión de mostrar sus dotes de mando, valor y genio militar. En la noche del 25 al 26 realizó varias salidas fuera del parapeto con el propósito de incendiar unos almiares de paja que servían de protección al enemigo, desde donde los rifeños hacían fuego y producían bajas en los defensores del recinto. El capitán Aguirre formó una línea de buenos tiradores para proteger al capitán Arenas, un cabo y al soldado Calixto Arroyo, quienes llevaron bajo el fuego enemigo, de pie, ocho bidones de petróleo que le iba entregando el capitán Aguirre desde el parapeto hasta el almiar, prendiendole fuego a la paja y ocho o diez cadáveres que producían un hedor insoportable. En esta operación el capitán Arenas sufrió una herida grave por quemadura, producida por el combustible empleado.

El viernes 29 de julio el general Navarro ordenó la retirada de las tropas españolas a Monte Arruit. El capitán Arenas solicitó voluntariamente el mando del núcleo de retaguardia, formado por unos 200 hombres; con él se quedó el capitán Aguirre. Finalizada la evacuación del grueso de la columna en retirada, los capitanes Arenas y Aguirre inician la contención del enemigo. Arenas dirigió con serenidad las operaciones de retirada hacia el valle, siempre en el puesto de mayor peligro, y logró que la columna entrara en Monte Arruit, sosteniendo una dura lucha contra un enemigo muy numeroso y dirigiendo un fuego metódico y disciplinado contra los rifeños. La mayor parte de las tropas de la retaguardia cayeron muertos, heridos o prisioneros, pero lograron contener al enemigo hasta que el grueso de la columna se acogió en Monte Arruit. Muy cerca de esta posición, y prácticamente encima del grueso, los miembros de la retaguardia quedaron rodeados por el enemigo. Los capitanes Aguirre y Arenas se defienden con fusiles. La lucha se generaliza, pues se combatía por los cuatro frentes. El alférez Maroto cayó herido, el capitán Aguirre se lo cargó al hombro y logró entrar en Monte Arruit con el resto de su tropa.

Detrás quedó el capitán Arenas. La batería del capitán Blanco está a punto de ser tomada por el enemigo. Blanco pretende defender los cañones, pero sus soldados le arrollaron. De pronto surgió el capitán Arenas, dispuesto a defender los cañones con su vida. El capitán se defiende a la desesperada.

 

 

Los rifeños detuvieron su ataque un momento, admirados por el valor del oficial, hasta que uno de ellos le pone el fusil en la cabeza y lo mató. Cuando lograron entrar en Monte Arruit, varios oficiales (tenientes Calderón y Sánchez) testigos de estos hechos pidieron a gritos la Laureada para Arenas ante el general Navarro. Por su heroica actuación, fue recompensado con la Cruz Laureada de San Fernando a título póstumo. Desde entonces, figura en el Anuario Militar a la cabeza de los capitanes del Cuerpo de Ingenieros.

La historia, breve y dramática, del Capitán Arenas, es la de una valentía, la de un soldado español que, lo mismo que otros muchos miles a lo largo de nuestra historia, no tuvo miedo a la muerte, y ésta al final le tomó la delantera, en uno de los hechos guerreros más desfavorables de nuestra historia contemporánea. Su postura fue de auténtico heroismo, despreciando el riesgo por salvar a sus compañeros en una campaña y batalla que desde mucho antes se sabía perdida. Esa serenidad en la actuación, ese desprendimiento y generosidad, ese final y sereno enfrentamiento con la muerte, es lo que agiganta la figura del capitán Arenas, al que  su vibrante juventud- tenía 29 años al morir- no le impidió llegar a los límites últimos del sacrificio.

La figura del capitán Arenas, queridísima para cuantos habían sido compañeros de campaña, se agigantó tras su heroica muerte. Previos los trámites correspondientes, en 1924 le fue concedida a título póstumo la Cruz laureada de San Fernando. Y en 1928 se inauguró en Molina de Aragón, en un solemnísimo acto al que acudió el Rey Alfonso XIII y parte de su Gobierno, un monumento a este preclaro hijo del Señorío, que aún hoy puede admirarse en el atrio de entrada al Instituto.

En el mismo monumento molinés aparece esta leyenda "El Cuerpo de Ingenieros y la Ciudad de Molina al laureado capitán D. Félix Arenas. Muerto en Tistoren - Africa, 29 de Julio de 1921. Inaugurado por S.M. el Rey D. Alfonso XIII el 5 de julio de 1928". En ese momento, la ciudad de Molina le dedicó una calle, y en 1956, lo hizo también la ciudad de Guadalajara, quedando su memoria eternizada en la céntrica rúa que va de San Ginés a la Plaza de Toros.

 

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