PICAS Y ARCABUCES AL SERVICIO DEL IMPERIO ESPAÑOL

31.01.2022 00:19

Para los europeos de su tiempo no hubo sombra de duda: durante más de ciento cincuenta años, entre 1534 y finales del siglo XVII, los tercios españoles fueron las mejores unidades militares del mundo. Los Tercios fueron un prodigio de eficacia organizativa al que desde aquí rendimos homenaje.

Tres siglos después de su desaparición, todavía los especialistas de hoy comparan los tercios de infantería española con las legiones romanas. Armadas con un arrojo incuestionable y una lealtad absoluta hacia su rey, los tercios fueron las grandes unidades de infantería de los ejércitos españoles.

El 31 de Enero, se celebra el Día de los Tercios Españoles en conmemoración de la batalla de Gembloux, que tuvo lugar el 31 de enero de 1578 entre el ejército de los Países Bajos y las tropas de la corona española en el marco de la Guerra de Flandes, también conocida como Guerra de los 80 años, el momento más comprometido para los intereses hispánicos en Flandes.

Para entonce Los Tercios, la élite del ejército español, llevaba tres años manteniendo el Imperio español gracias al extraordinario poder qu desplegaron estas nuevas unidades militares, que tuvieron su origen en febrero de 1530, cuando después de casi cuatro años de guerra, el emperador Carlos de Habsburgo fue coronado como Rey de Italia. La ansiada corona le había costado no pocos disgustos, entre ellos el terrible saqueo de Roma en mayo de 1527 perpetrado por los lansquenetes, los temidos mercenarios alemanes. Aquella mala experiencia, por la que tuvo que disculparse ante el papa Clemente VII, fue seguramente uno de los motivos que le llevó a querer crear una fuerza militar más fiable para mantener bajo control las posesiones en Italia que tanta sangre y dinero le habían costado.

Un ejército diferente

Ese fue el germen de los tercios, una unidad creada inicialmente como guarnición para los distintos territorios conquistados: es por esa razón que aquellas primeras compañías fueron conocidas como los Tercios Viejos de Lombardía, de Nápoles y de Sicilia, respectivamente. A ellos se sumaron más adelante el Tercio Viejo de Cerdeña y el Tercio de Galeras o del Mar, una unidad especial de infantería naval especializada en abordajes, y que fue la primera unidad de infantería de marina de la Historia. Todos los tercios posteriores se conocerían como Tercios nuevos.

A diferencia del sistema de levas o mercenarios, reclutados para una guerra en particular, típica de la Edad Media, los tercios se formaron con soldados profesionales y voluntarios que estaban en filas de forma permanente.

El mando supremo de un Tercio lo ostentaba un Maestre de Campo que era auxiliado, principalmente en misiones de administración y orden interior, por un sargento mayor. Además, cada Compañía era dirigida por un capitán. Tanto el maestre como el capitán eran cargos provistos directamente por Su Majestad.  Los capitanes reclutaban personalmente sus unidades y elegían a su alférez, quien era el oficial encargado de llevar en el combate la Bandera de la Compañía, puesto de gran honor y responsabilidad pues de él dependía la Honra de la Compañía. Asimismo, había en cada Compañía un capellán que impartía misa y administraba la extremaunción, trabajo arduo tras una batalla. En 1587, los jesuitas fueron oficialmente encargados de proveer los capellanes de los Tercios. La Fe católica era un pilar primordial en la cosmovisión de los soldados españoles y una parte esencial de su moral frente a la misma muerte.

La recluta de los soldados del Tercio la realizaba cada capitán amparado por una patente llamada ‘conducta’, otorgada personalmente por el Rey, que le permitía alzar banderín de enganche en una concreta circunscripción territorial. Los voluntarios que se alistaban constituían un multiforme conjunto social que abarcaba campesinos, pícaros, aventureros en busca de gloria y fortuna o hidalgos arruinados y segundones nobles que no tenían más salida honrosa que la milicia. El enganche era por tiempo indefinido, hasta recibir licencia previamente solicitada. El juramento de lealtad era innecesario por ser implícito del Honor de un Español. El primer sueldo se cobraba por adelantado para que el soldado adquiriese el equipo necesario para su incorporación a filas. Las demás pagas o soldadas siempre habrían de ser inciertas, tardías o jamás llegaban.

Los soldados bisoños (término que deriva del italiano fa bisogno, que viene a significar ‘se necesita’) eran adiestrados sobre la marcha en la propia unidad, pues no existía el concepto de campo de instrucción. Esta formación era impartida por sus sargentos y cabos. Además, para su completa adaptación al conjunto, los reclutas se amalgamaban con ‘Soldados Viejos’, por lo que eran distribuidos entre distintas agrupaciones para que aprendiesen de sus veteranos. De hecho, era común la congregación natural de cuatro o cinco soldados unidos por lazos de afinidad y fraternidad que acrisolaba las fuerzas y exacerbaba la moral en combate. Así, sus miembros se llamaban Camaradas (por compartir camareta en cuarteles o fortificaciones) o Compañeros (dado que en campaña conllevaban la misma tienda o paño).

El Tercio clásico estaba integrado por piqueros, arcabuceros y mosqueteros que componían la formación principal, apoyada por una dotación de artillería. Los Tercios presentaban batalla agrupando a los piqueros en su centro, quedando flanqueados por los arcabuceros. Algunos de estos tiradores se distribuían en las llamadas ‘mangas’, grupos de escaramuzadores que hostigaban al enemigo separados de los flancos del escuadrón a prudente distancia, para no perder la oportunidad de incorporarse al mismo en el momento oportuno. La doctrina militar establecida por los tratadistas de la época instituía que debían oponerse picas a caballos, castigar a los piqueros con arcabucería y hostigar a los arcabuceros enemigos con caballería.

 

Cuando dos formaciones enemigas se enfrentaban primero actuaba la artillería sobre la formación enemiga. Las balas rasas abrían brechas completas entre las líneas de los escuadrones que volvían a rellenarse pues los disciplinados soldados cubrían cada hueco abierto al caer sus camaradas manteniendo el orden y la estructura de la formación. A esta labor de desgaste contribuían los mosqueteros que realizaban un nutrido fuego más o menos continuo. Cuando los escuadrones, que se habían ido aproximando entre sí al acompasado ritmo de pífanos y tambores,  estaban a una distancia en la que los oponentes podían verse las caras, los arcabuceros disparaban casi a bocajarro para intentar desorganizar la formación enemiga.

En el momento del choque, las picas se entrecruzaban, pugnando las dos unidades por mantener su formación y desbaratar la contraria. Esta situación de combate llegaba a producir muchas bajas, incrementadas por los escaramuzadores que se deslizaban bajo el bosque de picas para acuchillar los vientres y piernas de las primeras líneas enemigas sembrando entre ellas la confusión.

El final del combate era determinado por el temple, la resistencia y la capacidad de lucha y sacrificio del combatiente.

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Los Tercios se configuraron así, como la más terrible, honorable, disciplinada y resolutiva fuerza de los campos de batalla. Mantuvieron un alto grado de eficacia y operatividad, y su aportación militar en Europa proporcionó grandes victorias, incluso en su periodo de decadencia.

El punto de inflexión que determinó la progresiva decadencia de estas unidades militares, fue la Batalla de las Dunas de Dunkerque (14 de junio de 1658), donde los ejércitos españoles fueron derrotados por las fuerzas anglo-francesas. Esta derrota, no sólo propició la firma de la Paz de los Pirineos, sino que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, y estableció las bases de un drástico cambio de la táctica y el armamento que había de transformar la fisonomía de los campos de batalla debido fundamentalmente al uso de la artillería y de un armamento más moderno.

Con el cambio dinástico y la llegada al trono de la Casa Borbón, las Reales Órdenes de Felipe V de 1701 y 1702 modificaron la estructura de los Tercios. El cambio de la fisonomía de la guerra impuesto por la mejora de las armas de fuego, de la artillería y la aparición de la bayoneta, determinó finalmente que en la reforma de Felipe V del 28 de septiembre de 1704 los Tercios fueran disueltos para convertirse en Regimientos, según el modelo militar francés.

 

BIBLIOGRAFÍA:

-García de Gabiola, J.: “Tercios, el Primer Ejército moderno de la Historia”. En Historia de Iberia Vieja, nº 114, 2014, p. 24.

-Martínez Ruiz, E.: Los Soldados del Rey. Los Ejércitos de la Monarquía Hispánica (1470-1700). Actas. Madrid, 2008.

-Quatrefages, R. Los Tercios Españoles (1567-1577). Fundación Universitaria Española. Madrid, 1979.

-Quatrefages, R.: “Génesis de la España Militar Moderna”. En Revista de Historia Militar Nº 7. Servicio de publicaciones U.C.M. Madrid, 1996.

-Thomas, H.: El Imperio Español. Planeta. Barcelona, 2004.

 

 

 

 


 

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