LA GUARDIA CIVIL TAMBIÉN ESTABA ALLI

11.10.2013 16:36

 

                                                                     

Esta vez no era un ejercicio, ni un simulacro, aquella tarde del mes de julio cuando turistas, visitantes y gallegos viajaban hasta su tierra para celebrar el día de su patrón, el destino y la fatalidad iban a poner a prueba su capacidad de sufrimiento y además iban a exigir de la Guardia Civil lo mejor de sus miembros: responder con solvencia, rapidez y eficacia ante la dramática e inolvidable experiencia de tener que socorrer, asistir y consolar a quienes habían tenido la desgracia de ocupar las plazas del tren Alvia que hacía el recorrido entre Madrid y El Ferrol.

De nuevo, la capacidad operativa, el ordenado despliegue y la demostrada profesionalidad de los integrantes de la Guardia Civil de Santiago de  Compostela quedó de manifiesto en una ejemplar actuación siempre enfocada a la asistencia y auxilio a las víctimas.

A las 20,42 horas del día 24 de julio se recibe en la Central Operativa de Servicios (COS) de la Comandancia de Santiago una comunicación que les hace presagiar lo peor: un tren ha descarrilado en las cercanías de la estación de Santiago y la situación inicialmente parece seria y preocupante. En unos minutos el convoy de Unidades de seguridad ciudadana  de diferentes Puestos que acababan entonces un operativo, acceden a la zona. Apenas unos vecinos, una dotación de bomberos y una patrulla de Policia Local se mueven por las vías entre  los destrozados vagones.

No hizo falta en un principio ningún responsable que asumiera el mando de aquella desgraciada situación; por propia iniciativa  aquellos guardias civiles, que también estaban allí empezaron a socorrer a los viajeros a los que accedían tras romper puertas y ventanas.

 

 

 

Armando fue uno de ellos, ni siquiera debería estar allí, pero el destinó determinó que su lugar debió ser la curva de Angrois. Él fue de los primeros en acceder al interior de uno de los vagones siniestrados, y allí  rescató los primeros cuerpos de viajeros gravemente heridos, vivió la realidad de sacar a dos fallecidos y aún impresionado cuenta como le sorprendió “el impenetrable silencio y la mirada vacía y perdida de quien le pedía con los ojos y sin mediar palabra  que le sacase de aquel infierno”.

Los  integrantes del Destacamento de Tráfico de Santiago de Compostela fueron avisados desde su central de transmisiones que algo muy grave estaba ocurriendo en las proximidades de la ciudad y las cuatro patrullas que esa tarde estaban desplegadas en los alrededores de la localidad compostelana no se sustrajeron a la magnitud de la desgracia. En unos minutos- conociendo perfectamente la demarcación de su responsabilidad- se encontraban en las vías del ferrocarril atendiendo y evacuando heridos.     

Y sin solución de continuidad a medida que fueron llegando refuerzos  ellos de una forma mecánica, rápida y eficaz comenzaron a desempeñar una labor indispensable en los primeros momentos de la catástrofe. Dirigir a las ambulancias en aquel ir y venir todavía sin sentido. Ellos conocedores de su oficio habían derivado a los conductores de ambulancia de fuera de Santiago ofreciéndoles a utilizar a las patrullas de motoristas como escoltas para acceder más rápidamente a los hospitales con los heridos. Todos ellos, aquella tarde supieron estar en las vías y fuera de ellas, a la altura de los acontecimientos.

Diez integrantes del Servicio de Intervención Rápida de la Comandancia de La Coruña se disponían a salir de servicio. Llegaron al lugar 5 minutos después que las patrullas de seguridad. El cabo 1º Román, el cabo Victor, Marta, Javier, José Luis, Manuel Alejandro, Manuel o el sargento Miguel, también estuvieron allí, desde el primer momento. Ellos asumieron en los primeros instantes la responsabilidad de quien se sabe y se considera necesario. Javier es a uno de los que más le está costando superar  esta trágica experiencia. Vivió en el interior de un vagón la infructuosa y desconsolada llamada de una madre, atrapada por los asientos del tren, preguntando por su hija. Javier agarrando su mano para tranquilizarla, miraba a su alrededor y observaba como a su lado yacía el cadáver de una adolescente de apenas 14 años. Este guardia civil luchaba por contener las lágrimas y a la vez consolaba a aquella madre sin saber si, aquel cuerpo  que veía inerte entre los hierros retorcidos era el de la hija de la persona que consolaba con un cariño solo propio de quien vive para ayudar a sus semejantes. A los pocos días  Javier visitó a la madre  en la cama del hospital y allí le dieron la noticia de que Verónica, la hija de Elisa había salvado la vida. “Es  Ud un ángel” fue el saludo de esta hija emocionada ; no, respondió Javier ”no soy un ángel porque ha habido a muchos que no he podido salvar”.

Así es Javier, un guardia civil, y un ejemplo palpable de las condiciones y aptitudes de muchos guardias civiles, en muchos sitios de España que ponen todo su empeño al servicio de quien más los necesitan.

Sirvan estas líneas para rendir un merecido homenaje a todos los GUARDIAS CIVILES que patrullan por nuestros pueblos, carreteras y ciudades y especialmente en esta ocasión para los de Santiago de Compostela porque ellos estuvieron allí los primeros.   

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