EL ESPÍRITU DE UN VETERANO PARACAIDISTA

24.02.2014 21:06

  Gracias a Juan Carlos Cabos Antolín , un amigo y veterano paracaídista , que me ha permitido publicar sus reflexiones sobre la celebración del 60  aniversario de la creación de la BRIPAC.

 

  Valladolid, 24 de febrero, 2014. JuanCarlos Cabos Antolin

  60 Aniversario de la Brigada Paracaidista.


Hace ya sesenta años que un grupo de pioneros realizaba el primer salto en paracaídas desde un Júnker-52 sobre la Base Méndez Parada en Alcantarilla, Murcia. Fue un 23 de febrero dando inicio al largo devenir operativo de la Unidad paracaidista del Ejército de Tierra español. En este día los operativos paracas celebramos nuestro Aniversario, sí bien la creación oficial de la Brigada se remonta al 17 de octubre de 1953, que fue cuando se formó oficialmente la I Bandera Paracaidista, que tuvo como primer Jefe al comandante Tomás Pallas Sierra.


Hoy en 2014, la BRIPAC ha celebrado su Aniversario en su Base “Príncipe” en Paracuellos del Jarama.

Pocas cosas marcan tanto en la vida como el haber servido en una Bandera Paracaidista. Hoy una vez más, he podido observar las tribunas de la Base Príncipe para comprobarlo. Entre los veteranos, que me acompañan hay soldados y generales. Unos ejercieron el mando de ésta Unidad, otros servimos en ella como simples fusileros.

Hoy, gracias a este evento, he podido conversar con veteranos procedentes de todas partes de España. Algunos han recorrido muchos kilómetros para estar hoy aquí...recordando aquellos momentos duros que vivimos durante nuestro período de servicio militar, recordamos la tensión de los saltos y las accidentadas llegadas al suelo. Nos reímos de las interminables marchas, del frío pasado en Chinchilla, de las noches en vela esperando el inicio de un tema, incluso de los apuros pasados con algún que otro jefe, cuyo carácter sigue dando de hablar.


Veteranos paracaidistas que hemos soportado el mismo polvo y calor, bella imagen de que los hombres pasamos, pero el espíritu, representado por una boina negra, a menudo sucia y descolorida por el sol, permanece.

El sufrimiento pasa, pero el haber sufrido permanece. En nosotros perdura la satisfacción de estar o haber estado entre los mejores. Hemos pagado un precio muy alto en hambre, frío, sueño y cansancio, pero el premio ha merecido la pena. Una recompensa que ninguna crisis nos podrá quitar y que nos hace sentir orgullosos de esas cicatrices, en la piel o en el corazón que, a modo de factura, dan fe del pago realizado.

Delante de mi cámara posan nuestros paracaidistas, jóvenes que saben sufrir corriendo hasta la extenuación, dispuestos a caer reventados en una marcha, antes de ser aligerados de la carga que les toca llevar, hombres y mujeres que soportan estoicamente frío, lluvia, hambre, suciedad, cansancio..., voluntarios para ocupar los puestos más duros y arriesgados, disciplinados hasta el extremo, ejemplares en el premio y en el castigo. ¿Qué les hace diferentes a los demás?. Un espíritu forjado durante 60 años en la Brigada Paracaidista que hemos transmitido con nuestro ejemplo e ilusión, haciendo vida en nosotros el principio educativo de que "al joven si se le pide poco no da nada, si se le pide mucho da más". 

Todo esto refleja la boina negra que portamos, sentimientos a veces disimulados para no ser malinterpretados por quienes viven la milicia con otro estilo, aunque debemos confesar que no se nos da bien ocultar el orgullo que sentimos por ser paracaidistas, nos traiciona el porte, el ademán confiado, una mal disimulada autoestima y, sobre todo, nuestra "machacona" insistencia por ser empleados en los lugares de mayor riesgo y fatiga. Con frecuencia una molesta actitud de…"ir a por todas".

Es difícil que nos entienda quien no está habituado a colgar su vida de un paracaídas. Para comprendernos hay que haber soportado largas horas de espera en área de embarque, pendientes de un parte meteorológico. Haber sentido el cuerpo ceñido por multitud de correas que nos hacen avanzar hasta el avión con paso torpe, el cuerpo encorvado y la cabeza gacha, sujetando en las manos un mosquetón del que sabemos colgará nuestra vida. Quien sabe lo que es marchar hacia un precipicio dominando el miedo y el instinto de supervivencia, lanzándose al vacío con la confianza puesta en un trozo de tela. Nos comprende, en fín, quien ha experimentado el alivio de ver la campana abierta, el que puede disfrutar, aunque sea por breves momentos, de la belleza del paisaje a 400 o 1000 metros de altura, quien, al llegar al suelo, vuelve la vista a lo alto y, con la satisfacción de la prueba superada, ve alejarse el avión que lo lanzó.



Hoy, sentado en la tribuna como un predecesor, nostálgico paracaidista, una vez más me doy cuenta del valor de las cosas cuando las pierdo, es ley de vida, algún día los jóvenes paracaidistas que estaban delante de mí, dejarán de estar. Pero nadie podrá jamás arrebatarme la ilusión que reflejan mis interminables anécdotas. De la abundancia del corazón habla la boca, y por eso sé que el mío está lleno de orgullo por haber servido en ésta Unidad. 
Aunque la fuerza y la salud abandonan el cuerpo, me percato de que la satisfacción por lo vivido me mantiene el corazón joven y me permite mirar a la muerte cara a cara, pues al final de ésta jornada que es la vida, prevalece lo que somos, no lo que hemos tenido.

Termino deseando mucha suerte a todos nuestros soldados que están fuera de nuestras fronteras cumpliendo su misión. 

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